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¿Cuántas veces hemos visto cómo un niño pasaba del llanto más desconsolado a la risa y el juego en cuestión de segundos? A veces, esta situación viene acompañada por el comentario típico de un adulto diciendo que el niño tiene mucho cuento por haber pasado del llanto a la risa de repente.

Llanto infantil 2Ese adulto está muy equivocado. Las emociones infantiles son distintas a las adultas. Son emociones intensas, puras, del aquí y ahora. Es decir, lo que sienten en el momento en que lloran es una emoción real y muy intensa, del mismo modo que, en un momento posterior cercano, puede sentir otra tan distinta como la alegría. Esto no quiere decir que no lo hayan sentido, sino todo lo contrario, puesto que ambas emociones fueron sentidas con mucha intensidad, pero cada una en un momento diferente.
En resumen, todas las emociones son válidas y no deben ser reprimidas, ni las "positivas" -como por ejemplo la alegría- ni las "negativas" -como el miedo o la rabia. Sin embargo, lo habitual, por parte de los adultos, es reprimir emociones como la rabia y el miedo, queriendo quitar, simplemente, importancia a esa situación que ha hecho llorar o enfadar al niño. A veces, los adultos no tienen esta intención, puesto que sólo pretenden apaciguarlo, pero, al final, el niño acaba percibiendo que aquello que lo ha hecho explotar no es importante para los demás y este acto puede provocar que el niño se sienta desvalorizado y frustrado, acumulando rabia.
Es importante no desvalorizar ni reprimir las emociones infantiles. Al contrario, lo sano es verbalizarlas (el niño, muchas veces, no sabe identificar lo que siente y le ayuda que, simplemente, le digamos "sé que estás enfadado por..."), además de permitirlas (no censurarlas) y acompañarlas (simplemente diciéndole que estamos allí, con él y que le queremos).

Laura Perales Bermejo
Psicóloga infantil. Orientación reichiana, humanista, teoría del apego.
Colegiada M-26747

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