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Hasta los tres años los niños difícilmente saben compartir. Cuando van al parque o a la escuela infantil y quieren algo, lo cogen, sin más, y si el otro niño opone resistencia, se arañan, se tiran del pelo e, incluso, se muerden. ¿Es normal esta conducta?
Sí, es absolutamente normal y no debéis alarmaros como padres. No obstante, os explicamos qué podéis hacer para enseñarle a vuestro hijo que este comportamiento no es adecuado y evitar, en la medida de lo posible, que vuelva a morder a otro niño.

Para empezar...
En primer lugar, debemos observar en qué situaciones muerde nuestro hijo. Cuando tienen menos de tres años, es difícil hacerles comprender que no pueden salirse siempre con la suya y que el mordisco es una conducta negativa. Por ello, en algunos casos es preferible evitar que el niño interactúe con otros niños de su misma edad. Si el niño suele morder en un grupo de juegos o en el parque, puede deberse a que no está preparado para estas actividades, que se siente demasiado frustrado y que estaría mejor sin los otros niños. Aunque parezca extraño, no debemos tener prisa en exponer a nuestro hijo al juego con otros niños de su misma edad, si ello crea dificultades. Seguramente, si le dejáis jugar con adultos o con niños mayores y cariñosos, dejará de morder.

Con todo, puede ser que nuestro trabajo nos obligue a dejar al niño en la guardería y que allí manifieste este tipo de conducta, sin que nosotros podamos intervenir cuando se produce el mordisco. Debemos confiar en la actuación de las educadoras, acostumbradas a lidiar con este tipo de comportamientos, ya que ellas sabrán qué hacer en cada situación y, si es necesario, os pedirán vuestra colaboración para corregir esta conducta de vuestro hijo.

RegañarPrevenir mejor que curar
A veces, nuestros hijos muerden a otros compañeros en la guardería. En estos casos, estaremos muy atentos a su comportamiento fuera del centro. Cuando estemos con el niño observaremos cómo se relaciona con nosotros mismos y con los otros niños si vamos, por ejemplo, a un parque. Si comprobamos que esta conducta es recurrente, lo vigilaremos atentamente e intentaremos prevenir el mordisco, acudiendo justo antes de que se efectúe el temido mordisco. Cogeremos suavemente al niño, sin recordarle lo que muy posiblemente estaba a punto de hacer y le preguntaremos si se lo está pasando bien con el otro niño, si tiene ganas de comer unas galletas o si se quiere ir a casa. De esta manera, habremos evitado el mordisco y le habremos hecho entender a nuestro hijo que estamos muy pendientes de él y sus necesidades, es decir, que somos sus aliados.

Cuando ya es demasiado tarde...
Si no hemos podido evitar el mordisco, no podremos ser tan amables. Deberemos actuar rápidamente, como si intentara atravesar la carretera solo, con una voz de alerta y desaprobación. A continuación, le preguntaremos a qué se debe ese comportamiento y le explicaremos de forma clara, rápida y sencilla y, sobre todo, sin levantar la voz pero con un tono muy firme, que no se puede morder nunca porque hace daño. Le debemos proponer otras pautas de comportamiento, como expresar lo que siente a través de las palabras o, simplemente, si se ha sentido amenazado por el otro niño, alejándose de él. Si creéis que es conveniente, lo mejor es que vuestro hijo vea que tras un comportamiento de este tipo debe pedir perdón al niño agredido y que, si quiere seguir disfrutando del parque, no puede volver a morder ni a pegar a ningún niño.
El objetivo no es castigar al pequeño, sino hacerle entender que determinadas conductas son inaceptables y que, con nuestra ayuda y amor incondicional, lo ayudaremos a comportarse mejor.

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