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Para empezar, si preguntamos por la calle qué significa "colecho" muchas personas no sabrán qué responder, mientras que otras, deduciéndolo gracias a cierta agilidad lingüística, responderán, "¡ah, eso de dormir con los padres tiene un término propio!". Sí, dormir en el mismo espacio que los papás es lo mismo que practicar colecho.
Esta desinformación echa sus raíces en los fuertes prejuicios anclados en nuestra sociedad sobre el colecho. Muchas personas -y algunas vinculadas al campo de la educación y de la crianza- ven con muy malos ojos el colecho, por parecerles una práctica propia de la clase social más baja, de la gente sin recursos, de comunidades atrasadas y sin formación académica, de personas con escasa sensibilidad y sensatez para criar a sus hijos...

colechoSin embargo, la realidad nos dice que estos prejuicios no son ciertos, aunque, evidentemente, existen coincidencias. Por otra parte, el colecho se practica mucho más de lo que podemos pensar: se estima que alrededor de un 87% de la población infantil practica colecho a nivel mundial y que en países de los que nadie duda de sus adelantos, como Japón, Suecia o Noruega, el porcentaje asciende al 90 %. Sin embargo, en nuestro país, como en otros de Europa, además de Canadá o Estados Unidos, el colecho se entiende como una práctica que pertenece a épocas pasadas y se relaciona con la falta de recursos económicos y con la ausencia de estudios. Aun así, los estudios indican que el 54% de la población infantil de cultura propiamente occidental practica colecho, aunque a sus padres no les guste reconocerlo.

Es cierto que muchos de nuestros abuelos durmieron con sus padres, simplemente por una cuestión de falta de espacio. Pero también es verdad que en las sociedades no occidentalizadas como la maya, el colecho no es una consecuencia de la pobreza o la falta de habitaciones. Esto significa que el colecho va más allá del dormir con el niño, y que la necesidad del contacto físico y otros factores culturales están detrás de este fenómeno.

Lo que sucede hoy en día en nuestra sociedad es que consideramos que nosotros, tan evolucionados, no podemos repetir algo propio de tiempos pasados o de comunidades "atrasadas". Esto explica que algunos padres con formación, con un buen nivel adquisitivo y con sensibilidad para criar a sus hijos sientan vergüenza y culpabilidad si alguien descubre que su hijo duerme con ellos.

Sin embargo, cada vez es más frecuente que los padres empiecen el colecho porque les resulta agradable compartir la cama con sus bebés, mientras otros toman tal decisión por parecerles más práctico, fruto de la observación: su bebé y ellos mismos duermen mejor, tranquilos y seguros. Ésta es precisamente una de las principales ventajas del colecho, junto a las facilidades que supone dormir con el bebé para poder seguir dándole el pecho a demanda por la noche. Los estudios sobre el colecho indican que existen otras grandes ventajas para el bebé en otros ámbitos, como el emocional, ya que refuerza su autoestima. Sin embargo, frente a estas tesis que valoran desde un punto de vista científico y antropológico el colecho, han surgido otras que pretenden que los padres enseñen a dormir a sus hijos solos, también bajo presupuestos más o menos científicos.

Al margen de polémicas entre detractores y defensores del colecho, es evidente que las autoridades sanitarias deberían tomar cartas en el asunto, simplemente informando sobre qué es realmente el colecho, con todas sus ventajas e inconvenientes, de la misma manera que se debería explicar mejor qué supone enseñar a dormir al bebé solo. Los padres han de estar informados antes de elegir qué opción se adecua mejor a su estilo de vida y las necesidades del bebé sin que ello deba ser motivo de vergüenza, que es lo que ocurre con muchos padres que empiezan a practicar el colecho.

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