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La primera vez que tu hijo va a la guardería o a la escuela es un hito en su crecimiento. Normalmente, se trata de un momento duro, tanto para el niño como para los padres, acostumbrados a una vida de convivencia plena. No es extraño que os sintáis angustiados, incluso culpables, si vuestro hijo es aún un bebé. A continuación, os explicamos cómo puede reaccionar vuestro hijo para que estéis prevenidos ante cualquier respuesta y para que esta experiencia sea vivida por todos de la forma más natural posible.

¿Por qué el niño no se quiere separar?
El motivo principal por el que un niño, cuando lo dejamos en la guardería o en la escuela, estalla en llanto se debe a su sensación de que la separación va a ser permanente. Algunos niños se acostumbrarán en pocos días, otros lo vivirán de forma angustiosa, mientras que otros pocos, habituados a pasar tiempo con otras personas, o no llorarán o lo harán, simplemente, por imitar a sus compañeros o por rebelarse ante la situación. Todas estas reacciones son perfectamente normales y responden a los patrones propios de comportamiento en los niños de estas edades. Por ello, hay que tener paciencia y ser tolerantes con sus pataletas, a la vez que hemos de procurar que entienda la separación como algo que sólo será por unas horas.

guarderiaLos especialistas nos dicen que, hasta los tres años, los niños no están preparados para la separación de sus padres por una sencilla razón: su inmadurez cognitiva. Por ello, debemos ponernos en su piel y tener mucha paciencia, sobre todo si no han cumplido los tres años o no se han separado nunca de sus padres. Al margen de la edad, también es cierto que existen otros factores que determinan la adaptación a la escuela o la guardería: las características del centro y su educadora, el carácter del niño y las necesidades de cada familia.

Momento de transición
El niño tiene que afrontar una situación totalmente nueva y, además, crear nuevos vínculos afectivos con personas que no conoce en un lugar donde aún no se siente seguro y que lo hace sentirse desorientado y perdido. A medida que pasen los días, la situación puede mejorar o empeorar, porque a todos estos cambios se suman otros: el niño tendrá que aprender a compartir los juguetes, a respetar ciertas normas, así como a esperar a ser atendido. Con la incorporación a la guardería o a la escuela, el niño deja de ser el centro del universo para ser uno más en una clase, y eso, evidentemente, no es fácil de aceptar.

Con el tiempo, y gracias a un cúmulo de experiencias positivas, y sobre todo al apoyo y la comprensión de los padres, el niño acabará desarrollando afectividad tanto hacia el nuevo espacio, como hacia su educadora y sus compañeros.

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