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Los límites. Una discusión obligada. Nos pasamos horas discutiendo sobre si los niños y niñas necesitan límites o no los necesitan, si necesitan más de los que creemos necesarios, o menos de los que ya les hemos puesto, si deberíamos ponerlos desde el primer momento o, por el contrario, es mejor respetar el ritmo y las necesidades de cada criatura, sobre si es bueno ser estricto en su cumplimiento una vez se ha puesto uno o, por el contrario, es mejor ser flexible en su aplicación en función de las circunstancias...

limitesPero en toda esta discusión, a mí, personalmente, me falta un análisis. ¿Por qué son necesarios los límites? Y no me refiero a los límites en general, a los límites como concepto en la vida de un niño, una niña, una persona adulta... No, me refiero a por qué es necesario cada uno de los límites que decidimos, en un momento dado, poner a nuestros hijos e hijas. Me refiero al análisis sincero y profundo de por qué, para mí, para la adulta que soy en este momento de mi vida, es importante que, por ejemplo, no se salte en la cama, no se cruce en rojo, no se coma con las manos, no se vea la tele dos horas seguidas, no.... (rellene la línea de puntos con lo que mejor le parezca).


Cada vez que decimos "no" tendríamos que saber exactamente por qué. Qué nos pasa, como padres, madres, educadores o profesores, con esa cuestión en concreto. Porque, en realidad, cada "no" es un límite. Y eso no es ni bueno ni malo en sí mismo, siempre que hagamos ese pequeño pero importante proceso. ¿Por qué es importante para mí? ¿Por qué es importante para el niño o la niña? ¿De dónde viene ese "no", ese límite? ¿Es realmente mío? ¿Pertenece a la sociedad? ¿O a mi padre? ¿A mi marido? ¿A mi vecina? ¿Qué pasa si no lo asumo como necesario? ¿Qué me pasa a mí... y a mis hijos e hijas?


Tal vez parezca un trabajo absurdo, habrá quien diga que hay cosas que son así porque sí y ya está bien de tanto análisis. Pero lo cierto es que saber por qué decimos "no" ayuda, como mínimo, a explicarlo. Y si uno puede explicar el porqué de algo es mucho más fácil que se acepte y se entienda. Pero es que, además, poner el énfasis en las personas, tanto en el adulto que impone y por qué lo hace, como en el niño o la niña que tiene que acatar o no y en sus consecuencias, hace que lo de menos sea el límite en sí y pase a ser mucho más importante por qué alguien debe amoldarse a lo que otro decide y, sobre todo, cómo nos sentimos unos y otros en ese momento. Se hace, de esta manera, imprescindible, revisar las propias expectativas, la propia relación con las normas y que los adultos nos ajustemos a la realidad de los niños y niñas, y no al revés. No es un trabajo absurdo. Es un trabajo duro y necesario.

Nuria Otero Tomera

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